Viktor Frankl sobrevivió Auschwitz. Lo que descubrió sobre el sufrimiento cambia todo

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En el otoño de 1944, un psiquiatra vienés de 39 años fue trasladado al campo de concentración de Auschwitz. Llevaba consigo el manuscrito de su primer libro, escondido en el forro de su abrigo. Se lo quitaron nada más llegar.

Su nombre era Viktor Frankl. En los meses siguientes, en Auschwitz y después en otros tres campos, perdería a su padre, su madre, su hermano y su esposa. Sería sometido a trabajo forzado en condiciones de hambre, frío extremo y brutalidad sistemática. Vería morir a miles de personas a su alrededor.

Y en medio de todo eso, haría el descubrimiento psicológico más importante de su vida. Uno que cambiaría la psicología del siglo XX y que sigue siendo relevante, quizás especialmente relevante, para entender el sufrimiento en el mundo contemporáneo.

El experimento involuntario: cuando la teoría se convierte en realidad

Frankl era psiquiatra antes de la guerra y había desarrollado ideas propias sobre la motivación humana que diferían tanto de Freud (para quien la fuerza principal era el placer) como de Adler (para quien era el poder). Frankl creía que la fuerza motivacional más profunda del ser humano era la búsqueda de sentido. El deseo de encontrar un por qué para la propia existencia.

Los campos de concentración se convirtieron en el laboratorio más brutal imaginable para poner a prueba esa hipótesis. Frankl observó, tanto en sí mismo como en los miles de prisioneros a su alrededor, que la supervivencia no dependía principalmente de la fortaleza física. Personas físicamente más robustas que él morían antes. Personas físicamente más débiles sobrevivían.

Lo que marcaba la diferencia

Lo que Frankl observó es que los prisioneros que sobrevivían con más frecuencia eran los que mantenían algún propósito, algo que los conectaba a un futuro, por pequeño o incierto que fuera. Uno quería reunirse con su hijo al que no sabía si volvería a ver. Otro tenía una obra científica que completar y que nadie más en el mundo podría completar. Otro se había convertido en testigo de lo que estaba ocurriendo y sentía la obligación de sobrevivir para contarlo.

«El que tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo», escribió Frankl, citando a Nietzsche. Esa frase se convirtió en el núcleo de toda su teoría posterior.

La libertad que nadie puede quitarte: el descubrimiento más radical

Hay un momento en los escritos de Frankl que es, posiblemente, el más poderoso de toda la psicología del siglo XX. Lo describe en El hombre en busca de sentido, el libro que reconstruyó de memoria después de la guerra y que se convirtió en uno de los más vendidos de todos los tiempos, con más de quince millones de copias en más de cincuenta idiomas.

Cuenta que caminando hacia el trabajo forzado un amanecer glacial, con los pies en carne viva envueltos en trozos de tela, con un guardia empujándole, tuvo una revelación que describió como la más profunda de su vida:

«Todo me lo pueden quitar excepto una cosa: la libertad de elegir mi actitud ante las circunstancias que me han dado. La última de las libertades humanas es elegir la propia actitud ante cualquier conjunto de circunstancias.»

— Viktor Frankl

No es positivismo barato. No es «piensa en positivo». Es algo más profundo, más duro y más honesto: incluso en las condiciones más extremas de privación y sufrimiento, hay un espacio interior que nadie puede colonizar si uno decide protegerlo. Un espacio entre el estímulo y la respuesta donde reside lo que Frankl consideraba la esencia de la dignidad humana.

Por qué esta idea tiene implicaciones directas para la ansiedad cotidiana

Cuando sentimos que no tenemos control sobre lo que nos pasa, a menudo sí tenemos control sobre cómo respondemos a lo que nos pasa. Esa distinción, que Frankl vivió en las condiciones más extremas imaginables, tiene implicaciones directas para situaciones mucho menos dramáticas pero igualmente reales: el jefe que nos trata injustamente, la relación que no funciona, la enfermedad propia o de alguien querido, el fracaso profesional.

En todos esos casos, hay factores que no controlamos. Y hay un espacio interior, mayor o menor dependiendo del trabajo que hayamos hecho con nosotros mismos, desde el que podemos elegir cómo responder. Esa es exactamente la premisa de la que parte también el estoicismo de Marco Aurelio, y la de gran parte de la psicología cognitiva moderna.

La logoterapia: la psicoterapia que nació de los campos

Después de la guerra, Frankl reconstruyó y amplió sus ideas en la logoterapia (del griego logos, sentido), una corriente psicoterapéutica basada en la idea de que el sufrimiento sin sentido es lo que destruye a las personas, no el sufrimiento en sí. «El sufrimiento deja de ser sufrimiento en algún sentido en el momento en que encuentra un sentido», escribió.

El caso del médico viudo: la técnica de la reformulación del sentido

Frankl describía en sus escritos clínicos un caso que ilustra el núcleo de la logoterapia mejor que cualquier explicación teórica. Un anciano médico vino a su consulta devastado por la muerte de su esposa dos años antes. No podía superar el duelo. Le dijo a Frankl: «Doctor, si hubiera muerto ella primero y yo después, ¿cuánto habría sufrido ella?»

Frankl respondió: «Habría sufrido terriblemente.»

El anciano dijo: «Entonces yo le he ahorrado ese sufrimiento. El precio es que tengo que soportar su pérdida yo.»

Y se levantó y se fue. El sufrimiento seguía ahí. Pero había encontrado un marco desde el que ese sufrimiento tenía sentido, desde el cual era el precio de algo que valía la pena: el amor que habían tenido y la protección que ahora le ofrecía a ella incluso desde la muerte.

Las tres fuentes de sentido según Frankl

Primera fuente: crear algo o realizar una acción

El trabajo, el arte, la construcción de algo que trascienda al individuo, el servicio. No tiene que ser grandioso ni reconocido públicamente. Puede ser criar a un hijo con presencia y amor. Puede ser cuidar un jardín. Puede ser escribir un diario que nadie leerá. Lo que importa es que implique contribución, creación, dejar algo que no existía antes.

Segunda fuente: experimentar algo o encontrar a alguien

El amor, la belleza, la conexión genuina con otra persona, la experiencia de la naturaleza o el arte que produce esa apertura particular. Frankl decía que el amor es la única forma de ver a otra persona en su esencia más profunda, en lo que es y en lo que puede llegar a ser. En sus condiciones extremas, la imagen de su esposa fue uno de sus anclajes más poderosos.

Tercera fuente: la actitud ante el sufrimiento inevitable

Esta es la más difícil y la más poderosa. Cuando ya no podemos cambiar la situación, cuando el sufrimiento es inevitable e irremediable, todavía queda la libertad de elegir cómo lo enfrentamos. Esta fuente de sentido no requiere nada externo. Solo la capacidad, que se puede entrenar, de encontrar en la propia respuesta al sufrimiento un acto de dignidad.

El vacío existencial y por qué Frankl sería relevante hoy

Vivimos en una época de comodidad material sin precedentes en la historia humana y al mismo tiempo de una crisis de sentido que los indicadores de salud mental reflejan de forma inequívoca. Los índices de ansiedad, depresión y suicidio en el mundo occidental no han dejado de crecer en las últimas décadas, especialmente entre los jóvenes.

Frankl llamaba a este fenómeno vacío existencial: la sensación difusa de que la vida no tiene dirección ni propósito, que se disfraza de aburrimiento crónico, de consumo compulsivo, de una actividad frenética que nunca llega a ningún lugar verdaderamente significativo. La respuesta que proponía no era filosófica en abstracto. Era una pregunta concreta que uno puede hacerse en cualquier momento: ¿qué me está pidiendo la vida en este momento específico? No qué quiero yo de la vida, sino qué espera la vida de mí.

El giro de perspectiva es radical. Y como herramienta para salir del bucle de pensamientos nocturnos o de la parálisis que produce la ansiedad, puede ser extraordinariamente efectivo.

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