En 1955, la psicóloga Emmy Werner comenzó uno de los estudios más extraordinarios de la historia de la psicología del desarrollo. Se instaló en la isla de Kauai, en Hawaii, y durante los siguientes cuarenta años, siguió la trayectoria vital de 698 niños que habían nacido ese año en condiciones de alta adversidad: pobreza crónica, padres con alcoholismo o enfermedades mentales graves, violencia doméstica, entornos con recursos mínimos.
La pregunta que guiaba el estudio era aparentemente simple pero profundamente relevante: ¿qué ocurre con estos niños cuando crecen? La respuesta que Werner fue encontrando a lo largo de décadas de seguimiento la sorprendió, la emocionó y cambió definitivamente la forma en que la psicología entiende la relación entre adversidad y desarrollo humano.
Aproximadamente un tercio de los niños considerados de alto riesgo, aquellos con la combinación más severa de factores adversos, no solo no desarrollaron problemas significativos. Se convirtieron en adultos competentes, cariñosos, con vínculos estables y con una capacidad de contribuir a su comunidad que muchos niños criados en condiciones privilegiadas no alcanzaron.
¿Qué tenían en común esos niños? ¿Qué los hacía diferentes? Werner dedicó el resto de su carrera a responder esa pregunta. Y lo que encontró cambió para siempre la forma en que pensamos sobre la resiliencia.
Qué es la resiliencia: aclarar los malentendidos
La palabra resiliencia viene del latín resilire, que significa rebotar o recuperar la forma original después de haber sido deformado. En ingeniería, describe la capacidad de un material para absorber energía sin romperse. En psicología, describe la capacidad de adaptarse positivamente ante la adversidad, el trauma, la tragedia o niveles significativos de estrés.
Pero la metáfora del material elástico tiene limitaciones importantes cuando se aplica a personas, y esas limitaciones han generado malentendidos que vale la pena deshacer.
Lo que la resiliencia NO es
La resiliencia no es la ausencia de sufrimiento. Las personas resilientes no son esponjas de teflón que dejan resbalar el dolor sin sentirlo. Sienten el golpe, sienten el dolor, lloran, se desmoronan temporalmente. La diferencia no está en no sentir sino en la capacidad de seguir funcionando a pesar de sentir, y en la capacidad de recuperarse con el tiempo.
La resiliencia no es un rasgo fijo con el que se nace o no se nace. Esta es quizás la confusión más dañina, porque lleva a algunas personas a concluir que si les cuesta recuperarse de la adversidad es porque «no son resilientes» y que eso no puede cambiar. La investigación es inequívoca en este punto: la resiliencia es dinámica, fluctúa a lo largo de la vida, varía según el tipo de adversidad, y puede desarrollarse de forma deliberada.
La resiliencia no es una proeza solitaria. Esta es la tercera gran confusión, alimentada por la narrativa cultural del individuo autosuficiente que supera los obstáculos solo. Uno de los hallazgos más consistentes de toda la investigación sobre resiliencia es que está profundamente conectada con los vínculos con los demás.
Lo que Emmy Werner encontró: los tres factores del tercio resiliente
En los niños de Kauai que superaron la adversidad, Werner identificó tres factores que aparecían de forma consistente. Ninguno de ellos era excepcional ni extraordinario. Todos eran, en principio, accesibles.
Factor 1: Un vínculo con al menos una persona estable y cariñosa
Este fue el factor más poderoso de todos. No tenía que ser un padre o una madre, ni siquiera tenía que ser un familiar. Podía ser un abuelo, un vecino, un maestro, un entrenador. Lo que importaba no era el rol sino la calidad del vínculo: consistencia, calidez, y la comunicación implícita de que el niño era valorado y que había alguien que creía en él.
Este hallazgo tiene implicaciones prácticas enormes. Para cualquier adulto que esté en contacto regular con niños en situaciones difíciles, sea como maestro, entrenador, vecino o familiar lejano, significa que la presencia consistente y cariñosa puede marcar una diferencia que dura décadas.
Factor 2: Habilidades de regulación emocional y resolución de problemas
Los niños resilientes de Kauai mostraban, incluso en edades tempranas, una capacidad relativamente mayor que sus pares para calmarse cuando estaban angustiados, para buscar soluciones ante los problemas en lugar de paralizarse, y para mantener cierta perspectiva incluso en situaciones difíciles. No eran perfectos en esto, pero eran mejores que los niños que no desarrollaron resiliencia.
Estas habilidades son exactamente las que desarrollan las técnicas de regulación emocional y las herramientas para gestionar los pensamientos rumiantes que practicamos en este blog. No son rasgos innatos; son competencias que se pueden aprender.
Factor 3: Un sentido de propósito o significado
Los niños resilientes tendían a tener algo que les importaba, una dirección hacia la que orientarse. Podía ser tan concreto como querer llegar a ser maestro como esa profesora que había sido tan importante para ellos. O tan abstracto como una creencia religiosa que les daba un marco de significado para las cosas difíciles que estaban viviendo. La investigación de Viktor Frankl sobre el sentido como factor de supervivencia en los campos de concentración es la versión más extrema del mismo hallazgo.
El mito del héroe solitario: por qué la resiliencia es un fenómeno relacional
George Bonanno, psicólogo de la Universidad de Columbia y uno de los investigadores más influyentes en el campo de la resiliencia en adultos, ha estudiado cómo las personas responden a pérdidas y traumas a lo largo de su carrera. Sus hallazgos desafían algunas asunciones muy arraigadas sobre la naturaleza de la fortaleza.
Las personas que muestran mayor resiliencia ante el trauma y la pérdida no son las que lo procesan todo en solitario ni las que nunca muestran vulnerabilidad. Son las que tienen redes de apoyo sólidas, las que piden ayuda cuando la necesitan, las que mantienen vínculos de confianza con otras personas. La resiliencia se construye y se sostiene en conexión, no en aislamiento.
Bonanno también identificó algo que llamó la trayectoria resiliente: la mayoría de las personas que experimentan pérdidas o traumas significativos muestran una recuperación más rápida de lo que ellas mismas anticipaban. El miedo anticipatorio al sufrimiento tiende a ser mayor que el sufrimiento real una vez que ocurre. Esto no minimiza el dolor, pero ofrece una perspectiva que puede ser útil en los momentos de mayor angustia anticipatoria.
Los cuatro pilares de la resiliencia según la síntesis de la investigación
Pilar 1: La regulación emocional
No la supresión de las emociones difíciles, que tiene costes documentados como vimos en el artículo sobre cómo gestionar la tristeza, sino la capacidad de sentirlas sin ser completamente arrastrado por ellas. Las personas resilientes no evitan el dolor; lo atraviesan. La diferencia está en que pueden hacerlo manteniéndose suficientemente funcionales para seguir atendiendo a lo que necesita atención.
Pilar 2: La flexibilidad cognitiva
La capacidad de generar múltiples interpretaciones de una situación difícil, de encontrar perspectiva, de no quedarse fijado en la lectura más catastrofista. No es optimismo forzado, que produce su propio tipo de distorsión, sino una genuina apertura a que la realidad sea más compleja y menos definitivamente negativa de lo que el primer impacto emocional sugiere.
Pilar 3: El sentido y el propósito
Frankl de nuevo, y Werner de nuevo. Las personas que atraviesan las adversidades con más integridad tienen algo que les importa más allá del sufrimiento inmediato. Un porqué que da dirección incluso cuando el cómo es terriblemente difícil. Cultivar activamente los propios valores y el sentido de contribución, aunque sea en formas modestas y cotidianas, construye este pilar de forma gradual.
Pilar 4: La conexión con otros
El factor más consistente en toda la literatura. Una o dos relaciones de confianza mutua, donde uno se siente genuinamente visto, aceptado y apoyado, producen un efecto sobre la resiliencia que es difícil de replicar por ningún otro medio. La soledad crónica, por el contrario, es uno de los factores que más erosionan la capacidad de recuperarse de la adversidad.
Se puede entrenar: la evidencia de los programas de intervención
Quizás lo más esperanzador de toda la investigación sobre resiliencia es la evidencia de que puede desarrollarse de forma deliberada. Los estudios de intervención, que han probado programas estructurados en poblaciones diversas que van desde militares hasta supervivientes de desastres naturales, muestran mejoras medibles en la capacidad de manejar la adversidad después de intervenciones relativamente breves que trabajan los cuatro pilares descritos.
Esto no significa que la resiliencia se «instale» con un curso de fin de semana. Significa que es una capacidad que responde al trabajo sostenido, igual que la forma física responde al ejercicio regular. No es magia ni don exclusivo de los fuertes. Es un conjunto de habilidades, actitudes y conexiones que se construyen, gradualmente, con práctica y con la presencia de las personas adecuadas.
Ninguno de los 698 niños de Kauai eligió las circunstancias en que nació. Algunos tuvieron la suerte de que su entorno les dio los ingredientes de la resiliencia sin que tuvieran que buscarlos activamente. Otros tuvieron que construirla con los pocos materiales que tenían, en condiciones en que construirla era extraordinariamente difícil.
La mayoría de nosotros tenemos más materiales de los que creemos. Y el hecho de estar buscando, leyendo, intentando entender cómo funciona el sufrimiento y cómo superarlo, es ya, en sí mismo, una forma de construir resiliencia.
«El mundo rompe a todos, y luego algunos son más fuertes en los lugares rotos.»
— Ernest Hemingway, Adiós a las armas
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